Te lo digo

El caos de Juana

De manera totalmente involuntaria y por una pequeña estupidez, cuatro o cinco chavales de Novelda van a ser protagonistas de los debates más encendidos sobre censura, corrección política, libertad de expresión y «estado democrático»

Mañana saldrá publicada en varios periódicos de tirada nacional (algunos ya lo tienen en sus sitios web, via teletipo de EFE) una noticia donde se da cuenta de la cancelación del concierto de un grupo en Novelda (Alicante) por llamarse «The Juana Chaos». Yo, que ya me olía la tostada desde que vi el cartel del festival el lunes, he sido lo suficientemente previsor como para pasarme el día haciendo llamadas de teléfono empapándome del asunto para que no me pillase el toro (cambiando «el toro» por «el jefe») con los pantalones bajados y una flamante apertura de edición para rellenar. No soy muy dado a comentar nada de mi profesión en el blog porque el enfoque queda bastante claro que es otro, pero me va a dar para completar una serie de posts (I , II , III y IV) sobre censuras y sensibilidades varias.

Leyendo la noticia, queda bien claro que se trata de una chiquillada sin más ánimo que el de echarse unas risas con un doble sentido bastante cogido por los pelos. Lo sangrante del caso, y lo que va a dar más que hablar, es el hecho de que el festival donde debían actuar los chavales esté patrocinado por el Ayuntamiento, que se ha apresurado a pedir disculpas y remarcar que, efectivamente, estaba previsto que se cancelase la actuación una vez descubierta la «travesura». La fatalidad ha querido, además, que el concierto coincidiese en el tiempo con la polémica liberación del etarra. Que alguien pusiese el grito en el cielo era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

El caballo salvador ha sido Unión Progreso y Democracia. El partido de Rosa Díez (curioso como ellos mismos se empeñan en ceder el título de dueña y señora del partido hasta en sus notas de prensa) ha soltado la liebre que ha hecho que medio país se haya puesto a la caza y captura de los responsables del festival. ¿El grupo? Cagados de miedo, supongo. Yo he intentado hablar con ellos durante todo el día y solo he recibido la callada por respuesta. Incluso ellos mismos han decidido borrar todo rastro por internet de su nombre y se han rebautizado como «Gatxamiga Surf».

Habría que hacer un inciso en este punto y remarcar la querencia que tienen los grupos de hardcore-punk-mestizaje valencianos por bautizarse con unos nombres tan gastronómicos. Me vienen a la memoria Fabes Bollíes (también de Novelda) y Arròs Caldós, pero seguro que hay más.

Normal, recalco, que se hayan acojonado, cuando UPyD ha utilizado las palabras «delito», «apología» y «terrorismo» con mucha gratuidad. No dudo que haya quién se sienta ofendido por que estos chavales hayan jugado a ser los más graciosos colocándose un nombre tan llamativo, pero desconfío de UPyD tanto como de que una película de Sofia Coppola sea interesante. El partido de Rosa Díez (y repito que no lo digo yo, lo dicen ellos) ha hecho de la lucha antiterrorista una vergonzosa estrategia para introducirse en la política. Se habla de la sensibilidad de las víctimas del terrorismo, que merecen todo el respeto del mundo, pero poco de la sensibilidad de otras muchas personas que tenemos que aguantar ofensas como las de la Iglesia Católica hacia todo lo que se mueve. Mi sensibilidad es completamente diferente, pero me la tengo que tragar. Mientras todo esto pasa, el bueno de Lemmy se desayuna con una investigación por salir en un diario alemán con una gorra nazi porque le parece (y esto lo comparto totalmente) que «los chicos malos siempre han tenido los mejores uniformes». La estupidez es infinita.

Lo estoy normalizando

Mira que yo intento no meterme en política más que lo necesario, pero hay ciertas ocasiones en las que me sube la temperatura corporal hasta límites peligrosos cuando veo ciertas actitudes, y por desgracias y por trabajo, las tengo que ver y soportar a diario.

La corrección política, la estúpida corrección política es el cáncer que he comprobado que ataca a los militantes de izquierda cuando se empeñan en gustar a todo el mundo. Y eso, señores míos, no va a poder ser. Me duele reconocerlo, pero los políticos de derechas son mucho más sinceros en cualquiera de sus declaraciones, le pese a quien le pese. Hoy me ha ocurrido una cosa muy graciosa en una rueda de prensa: después de más de media hora de insulsa verborrea a cuenta de una supuesta crisis interna, un dirigente local de Esquerra Unida ha llamado al orden a sus militantes para evitar que las luchas por ascender conviertan a la agrupación en una «merienda de negros». Aunque a mi me ha pasado casi inadvertido, entre el resto de dirigentes que ofrecían la rueda de prensa y algunos periodistas se ha armado un cierto revuelo que ha culminado, minutos después, en una disculpa fuera de micro por haber utilizado una expresión racista, para pedir posteriormente que su desliz no quedase reflejado en los medios. Sudando y pidiendo perdón por una expresión que todo el mundo ha utilizado alguna vez, he sentido un poco de rabia y un poco de lástima, posiblemente más de lo primero. Habría quedado mejor si dijese que lo estaba normalizando.

A vueltas con los símbolos

La foto que se ve más abajo es el logotipo con el que se ha publicitado la apertura, la semana pasada, de la delegación -vamos a llamarlo así- del club NASTI en Valencia. El concepto es sencillo hasta decir basta: la misma tipografía utilizada por NASTI (club madrileño de sobra conocido), pero rellena con los colores de la bandera comunitaria. Si el diseño, el buen diseño, se basa en la inmediatez y la claridad, esto es un prodigio de sencillez: es el NASTI de Valencia.

nastivlcLa cosa, obviamente, no acaba aquí. Durante las semanas de promoción del nuevo club, por las calles han aparecido carteles arrancados o con insultos grafiteados encima. Incluso se ha increpado a las personas que colocaban la publicidad por toda Valencia. ¿El motivo? La bandera utilizada para rellenar el logotipo es un símbolo. No voy a aburrir con cuestiones políticas porque este no es el sitio, pero resumiendo: la senyera con el ribete azul, pese a ser la bandera autonómica, es señalada como símbolo fascista y rechazada por la inmensa mayoría de los nacionalistas valencianos y partidos de izquierda. Si nos guiamos únicamente por el diseño, dejando a un lado las cuestiones políticas, la utilización de la senyera catalana (sin el ribete azul) no trasmitiría tan bien el mensaje del logotipo. ¿El resultado? Que se hable de él, aunque sea para mal, y mucha, mucha publicidad gratuita.

Todo esto viene por unas semanas en que la utilización de los símbolos, para bien o para mal, está en boca de todos los sectores políticos. Homenajes a la bandera, quema de fotos del monarca y demás manifestaciones que lo único que revelan es que la política, como cualquier otra cosa en la vida, es susceptible de ser engullido por una moda. La utilización de la simbología está supeditada al significado que cada uno quiera darle, y aquí es donde entramos en la asociación entre el continente y el contenido, en la apropiación de símbolos con fines diferentes a los que comunmente se asocian. El situacionismo, si nos queremos poner académicos.

La pasada semana, en los informativos de Antena 3, se hablaba del comunismo chic en China y de como se comercializa con los símbolos del régimen convirtiendolos en objetos de diseño preparados para el consumo. Algo parecido pasa en Alemana con la Rote Armee Fraktion, el grupo terrorista más conocido como Baader-Meinhof. Si lo miramos desde el punto de vista del diseño, no me extraña nada, puesto que la iconografía comunista es, además de poderosa, enormemente atractiva pese al contenido de la misma. Lo mismo se puede aplicar a la iconografía del nazismo, pero en este caso, estos símbolos tienen muy mala literatura y aunque a mí me encantaría, dudo mucho que podamos ver camisetas con esvásticas en las tiendas de souvenirs para turistas de toda Alemania. Puede parecer un cinismo, pero la destrucción de los símbolos está en su descontextualización y esto es totalmente cierto. ¿Quién se puede tomar en serio el anarquismo después de los Sex Pistols? ¿O el satanismo después de esto? En la comercialización y popularización está el fin de los contenidos: el culto a Charles Manson, el Ché Guevara o las camisetas de los Ramones, y lo que a cada uno le parezca el continente es, digamos, otro asunto bien distinto.

Terrorismo Pop

Tony Wilson nunca se cansaba de decirlo. Cada vez que escuchaba a un periodista acusar de fascistas a Joy Division, Wilson apelaba a la ignorancia del susodicho blandiendo el arma del situacionismo.

Se puede comprobar en 24 Hour Party People y siempre lo defendió: la libre asociación entre el continente y el contenido, tomar nombres como Joy Division o Durruti Column y situarlos en un contexto totalmente diferente hasta quitarle su significado. Esto, por supuesto, no era nada nuevo. El punk, surgido unos años antes, tení­a mucho de este concepto artí­stico. Las imágenes de Siouxie o Sid Vicious con brazaletes nazis no eran más que pura provocación a costa de utilizar los sí­mbolos más temidos y repudiados del siglo pasado. Esto no es nada raro si tenemos en cuenta que el punk se lo inventaron unos estudiantes de arte como Vivienne Westwood y Malcom McLaren para destruir el status quo del rock de finales de los setenta con una gran bofetada musical, estética y social. Y vaya si lo consiguieron.

Algo parecido debió pensar Luke Haines (The Auteurs, Black Box Recorder) cuando decidió sacar un disco en 1996 bajo el nombre de Baader-Meinhof. Haines, uno de los talentos musicales británicos menos reconocidos de la década de los noventa, siempre se ha caracterizado por ser un agitador de conciencias en un paí­s muy poco dado a la autocrítica. Ferviente admirador de los tabloides y de la cultura (bueno, más bien incultura) popular, los textos de sus canciones han podido ser más crudos o más irónicos, pero siempre con el dedo bien metido en la llaga. Haines utilizó el nombre popular con el que se conocía a la Rote Armee Fraktion (Fracción del Ejército Rojo), la organización terrorista de izquierda radical más activa de la Alemania de posguerra. El nombre Baader-Meinhof le vino dado por la prensa de la época, y se trata de la unión de los apellidos de sus dos componentes más significativos. A finales de los setenta, algunos sectores veí­an en los ideales de la banda una lucha romántica en pos de los ideales de la izquierda y el azote de los criminales del antiguo orden alemán. La muerte de sus lí­deres en extrañas circunstancias mientras se hallaban en prisión no hizo más que aumentar la leyenda e iniciar su reconversión en icono de la cultura popular alemana. El disco de Luke Haines, según su propio autor, no pretendí­a hacer en ningún momento apologí­a del terrorismo, sino ser un album conceptual sobre el terrorismo desde la irrespetuosidad y la provocación, no desde la corrección polí­tica.

El disco de Haines no es más que un ejemplo de las referencias a la Baader-Meinhof. En Alemania existe un fenómeno denominado Prada-Meinhof, o lo que es lo mismo, la adopción de la estética de los terrori­stas al mundo de la moda. La revista Tusse Deluxe, por ejemplo, publicó un reportaje fotográfico de moda inspirándose en el secuestro de Hans-Martin Schleyer, el presidente de la Federación de Industrias Alemanas. Hace unos años, una exposición en Berlin levantaba las ampollas de la clase polí­tica más conservadora mientras en la calle, las camisetas con el logo de la RAF se siguen luciendo como quien lleva una de los Ramones. El cine, obviamente, también ha reflejado la historia, y no solo desde el punto de vista del drama. La pelí­cula Baader, premiada en el Festival Internacional de Cine de Berlí­n en 2002, recibió muchas crí­ticas por mostrar una visión encantadora de la época y del personaje de Andreas Baader. La más reciente Der Baader Meinhof Komplex (2008) no acababa de romper el mito, dado que los presentaba directamente como estrellas de rockOtras referencias a terrorismo (o puntualizando en algunos casos, a lo que algunos consideran terrorismo) más recientes las podemos encontrar en la pelí­cula alemana Los Edukadores o en las letras e imagen de la artista M.I.A. (hay que recordar también que su padre pertenece a los Tigres Tamiles, el principal grupo que reclama la independencia de Ceylon Tamils (Sri Lanka). Por supuesto, este grupo se encuentra en la lista negra de los Estados Unidos). Todos estos ejemplos, en mayor o menor medida, siguen desatando las mismas estúpidas preguntas. ¿La respuesta? Hable con Tony Wilson.

Alan McGee, fundador de la discográfica Creation y personaje de sobra conocido por ser mánager de Oasis y otros grandes grupos británicos, reveló hace un par de años que Malcom McLaren (él, otra vez él) le habí­a pedido dinero para financiar un proyecto que consistía en viajar por todo el mundo grabando los cantos de lucha de organizaciones terroristas con vistas a editar un disco. McGee se lo tomó a cachondeo y le argumentó que no le harí­a gracia tener «grupos de encapuchados viniendo a la oficina a cobrar royalties», pero con los antecedentes de McLaren, algo me dice que estarí­a dispuesto a hacerlo y dar un paso más en la definición de punk.